La diferencia entre aspirar a la excelencia y exigir lo imposible
En consulta aparece constantemente la palabra perfeccionismo. Detrás de ella no siempre está únicamente el deseo de hacer algo bien. Muchas veces existe la expectativa de no cometer errores, controlar todas las variables y alcanzar un resultado ideal sin importar las circunstancias.
Querer ser buenos en algo, esforzarnos y tener metas no es el problema. Los estándares altos pueden impulsarnos a aprender, crecer y desarrollar nuestro potencial. La dificultad comienza cuando aquello que esperamos de nosotros deja de considerar la realidad en la que vivimos.
El tiempo disponible, nuestras responsabilidades, los recursos con los que contamos, la experiencia que tenemos y los imprevistos también forman parte de esa realidad. Aunque no podamos controlarlos por completo, influyen en lo que es posible hacer en un momento determinado.
A esto suelo llamarlo “futurear”: concentrarnos tanto en una meta futura, enorme y abrumadora, que construimos expectativas sin considerar nuestro punto de partida ni las condiciones presentes.
Un estándar alto puede decir: “Quiero hacer esto muy bien, aprender durante el proceso y ajustar lo que sea necesario”.
La sobreexigencia, en cambio, dice: “Esto tiene que salir exactamente como lo imaginé, sin errores y sin importar el costo”.
La excelencia necesita una mente de principiante: curiosidad, apertura al aprendizaje y disposición para reconocer que no lo sabemos todo. También requiere flexibilidad para cambiar de dirección cuando la realidad aporta nueva información. Ser flexible no significa abandonar el objetivo ni reducir la calidad; significa evitar que una expectativa se vuelva rígida y nos impida aprender.
Podemos notar que un estándar se convirtió en sobreexigencia cuando algo que antes nos entusiasmaba comienza a sentirse como una prueba constante de nuestro valor. Aparecen la frustración, el pensamiento de que nunca es suficiente y la dificultad para tolerar errores o cambios de planes. El objetivo deja de impulsarnos y comienza a desgastarnos.
Para mí, la excelencia no se define únicamente por el resultado. También importa la forma en que llegamos a él y si nuestras decisiones permanecen alineadas con nuestros valores y principios.
El control como falsa sensación de seguridad
En los espacios laborales, la sobreexigencia puede transformarse en la necesidad de controlarlo todo. Nos saturamos de tareas porque creemos que solo nosotros podemos hacerlas bien, criticamos maneras diferentes de trabajar y evaluamos con dureza tanto nuestro desempeño como el de los demás.
Detrás del pensamiento “solo yo puedo hacerlo bien” suele existir algún temor: fracasar, perder credibilidad, ser juzgados o dejar de ser indispensables.
Intentar controlarlo todo puede producir una sensación momentánea de seguridad, pero también genera sobrecarga, desconfianza y frustración. Además, limita la posibilidad de que otras personas participen, aprendan y aporten soluciones distintas a las nuestras.
No elegimos cada pensamiento, emoción o impulso que aparece. Tampoco podemos controlar cómo piensan o actúan los demás. Lo que sí podemos desarrollar es la capacidad de reconocer lo que sucede internamente y decidir cómo responder.
A esto me gusta llamarlo autoliderazgo: la capacidad de gestionarnos antes de intentar dirigir todo lo que ocurre a nuestro alrededor.
El autoliderazgo se refleja en acciones concretas: pedir ayuda, delegar, escuchar, establecer límites, comunicar expectativas, tomar decisiones y asumir sus consecuencias.
Delegar no significa renunciar a nuestros estándares. Significa distinguir entre el resultado que necesitamos y nuestra manera personal de conseguirlo. Antes de intervenir, podemos preguntarnos:
- ¿Qué características debe cumplir el resultado?
- ¿Qué aspectos son verdaderamente indispensables?
- ¿Dónde existe espacio para que otra persona trabaje de una manera diferente?
- ¿He comunicado claramente lo que espero?
Los demás no pueden cumplir una expectativa que solo existe en nuestra mente.
Podemos influir, orientar, establecer responsabilidades y marcar límites. Sin embargo, construir un buen equipo también implica permitir que otras personas contribuyan desde sus capacidades y perspectivas. La excelencia colectiva no consiste en que todos trabajen como nosotros, sino en que distintas fortalezas se complementen para alcanzar un objetivo compartido.
Redefinir el éxito con criterios exigentes, pero sostenibles
“Dar lo mejor de ti” puede parecer un criterio positivo, pero también puede convertirse en una expectativa imposible si significa hacer más, hacerlo perfecto y superarte en todo momento.
Un estándar exigente y sostenible necesita criterios claros. Debe considerar el resultado que buscamos, los recursos disponibles, el tiempo, las responsabilidades involucradas y el costo que estamos dispuestos a asumir.
Antes de establecer una expectativa, podemos preguntarnos:
- ¿Qué resultado quiero obtener y por qué es importante?
- ¿Esta expectativa corresponde con mi realidad actual?
- ¿Qué recursos, tiempo y apoyo tengo disponibles?
- ¿Qué aspectos son indispensables y cuáles pueden ajustarse?
- ¿Existe espacio para aprender, equivocarme y corregir?
- ¿Podría trabajar de esta manera de forma consistente?
Redefinir el éxito no significa conformarnos ni abandonar nuestra ambición. Significa dejar de utilizar el desgaste como evidencia de compromiso.
También significa medir el proceso de una manera más completa: por los resultados, pero también por el aprendizaje, la colaboración, la capacidad de adaptación y la consistencia.
Los estándares altos nos invitan a crecer. La sobreexigencia nos obliga a demostrar constantemente que somos suficientes.
La excelencia sostenible no exige reducir nuestras metas. Exige revisar desde dónde, bajo qué condiciones y a qué costo intentamos alcanzarlas.