Emprender me permitió reconocer presiones que después observé en otros
Cuando abrí mi escuela de danza, emprendí un negocio muy demandante sin saber realmente lo que significaba emprender.
Durante los periodos de mayor estrés sacrificaba mi autocuidado. Llegué a pasar casi dos días sin comer, me dominaba el perfeccionismo y me costaba mucho delegar. Al mismo tiempo, vivía con la inseguridad constante de no saber si estaba haciendo bien las cosas.
Recuerdo especialmente cuando descubrí que no había tramitado la licencia de funcionamiento. Resolverlo se convirtió en un problema complejo y, en mi mente, en una catástrofe. No paraba de llorar. Me sentía fracasada y pensaba que clausurarían la escuela, que no podría cumplirles a mis alumnas y que todo terminaría en un caos.
En medio de ese drama —literal—, mi papá me hizo una pregunta muy sencilla:
“¿Y qué vas a hacer?”
La pregunta no resolvió el problema, pero me obligó a salir por un momento de la catástrofe para comenzar a pensar en una respuesta.
Comprendí que, cuando permitimos que el estrés y la complejidad de la vida adulta nos consuman, nuestra capacidad de razonar y buscar soluciones puede reducirse. Aprender a conservar calma interna frente al caos externo ha sido un trabajo de muchos años, sostenido por la experiencia, el estudio y la práctica.
Tiempo después, cuando me certifiqué en coaching y comencé a acompañar a personas dentro del ámbito laboral, reconocí muchos de esos mismos patrones: estrés, miedo, inseguridad, dificultad para delegar, desconexión personal e incluso problemas para descansar.
Aquello que había vivido como una experiencia individual era también una realidad compartida por muchas personas en sus espacios de trabajo.
Emprender no solo me enseñó a construir un proyecto. Me permitió reconocer la importancia de encontrar calma para recuperar claridad, decidir con criterio y actuar de acuerdo con nuestros valores y principios.
Acompañar a otros dio un propósito más profundo a mi trabajo
Una de las experiencias que más me apasiona del coaching es observar cómo cambia una persona a lo largo del proceso.
En las primeras sesiones, algunas personas llegan intentando hacerse pequeñas: su postura refleja miedo, hablan con inseguridad y dudan de sus propias capacidades. Conforme avanzan, comienzan a sentarse más erguidas, a expresarse con mayor ligereza y a confiar nuevamente en sí mismas.
También empiezan a confiar más en otros, a comunicarse mejor y a tomar decisiones basadas en lo que realmente necesitan, no únicamente en el miedo o en aquello que socialmente se espera de ellas.
Ver ese cambio es difícil de describir. Recibir su agradecimiento es profundamente satisfactorio, pero siempre procuro recordarles algo: yo puedo compartir preguntas, información y herramientas; el mérito de reconocer y utilizar sus propios recursos les pertenece.
Para mí, acompañar no significa resolver la vida de alguien. Significa crear un espacio en el que esa persona pueda recuperar perspectiva y capacidad de decisión.
Esta experiencia también me transforma. Me invita a trabajar constantemente en mí, estudiar y explorar nuevas herramientas que fortalezcan mi práctica y puedan beneficiar a otros. Acompañar implica crecer al mismo tiempo que veo crecer a quienes depositan su confianza en el proceso.
Ahí encontré un propósito más profundo para mi trabajo.
Del cambio individual al impacto en equipos y organizaciones
Cuando una persona aprende a responder con mayor calma ante la presión, el cambio no permanece únicamente en su interior. Comienza a reflejarse en la manera en que escucha, se comunica, toma decisiones y se relaciona con los demás.
Trabajar desde la calma no significa evitar los problemas ni permanecer pasivos. Significa no permitir que el ego, el miedo o la necesidad de control dirijan automáticamente nuestras acciones.
Los conflictos dejan de percibirse únicamente como amenazas y pueden comenzar a abordarse como retos que requieren diálogo, aprendizaje y colaboración. También reconocemos que no tenemos que resolver todo solos y que las relaciones laborales pueden complementarnos.
El liderazgo tampoco pertenece exclusivamente a quien encabeza un equipo. Aunque una persona tenga la responsabilidad formal de dirigir, cada integrante puede aportar iniciativa, conocimiento y liderazgo para avanzar hacia un objetivo compartido.
Este cambio puede comenzar con prácticas muy sencillas: hacer una pausa antes de una reunión, definir con claridad su intención, llevar una estructura, permitir que todos participen y detenerse nuevamente si la tensión comienza a dominar la conversación.
El trabajo individual puede influir positivamente en un entorno laboral, pero no podemos depositar toda la responsabilidad en una sola persona. Si una organización continúa reforzando la urgencia, el miedo o la sobreexigencia, será difícil sostener el cambio.
Los equipos también necesitan trabajar colectivamente en su crecimiento. Esto implica desarrollar mejores formas de comunicación, establecer límites y responsabilizarse por las conductas que afectan a los demás. No todas las personas estarán preparadas para cambiar al mismo tiempo; aun así, la organización necesita cuidar las condiciones que permiten colaborar con respeto y revisar aquellas dinámicas que dañan constantemente al equipo.
Por eso elegí trabajar con personas y organizaciones. Creo en el potencial individual, pero también en la capacidad de ese cambio para extenderse hacia los equipos y la cultura laboral.
Mi vocación no surgió de haber tenido siempre todas las respuestas. Surgió de haber necesitado encontrar otra manera de enfrentar la presión y de comprobar cuánto puede cambiar nuestra experiencia cuando recuperamos calma, claridad y criterio.